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204 años de historia, desde que San Martín lo trajo de Londres hasta su restitución al Museo Histórico Nacional

La Jefa de Estado dispuso a través del decreto 843/2015 publicado días pasados en el Boletín Oficial, el traslado del sable corvo del Libertador al Museo Histórico Nacional, que fue alojado en una vitrina que se encuentra en la sala especialmente diseñada con modernas medidas de seguridad y conservación. Estará custodiada por el Regimiento de Granaderos a Caballo, en homenaje al prócer. Como antesala, en un espacio contiguo se exhibirán boleadoras, armas de fuego y puñales, las armas anónimas del pueblo, de aquellos que lucharon por la libertad. Ya en los considerandos del decreto se asigna al sable “una trascendental importancia histórica, por haberlo acompañado en toda la guerra de la Independencia de la América del Sud, constituyendo testimonio de la firmeza con que sostuviera los derechos de la Patria en esa gesta histórica”. El 17 de agosto de 1850 fallece en Boulogne-sur-Mer, Francia el General José de San Martín. Inicialmente, sus restos permanecieron en aquel país europeo y, después de varios intentos de repatriarlos, el 29 de mayo de 1880, durante la presidencia de Nicolás Avellaneda, fueron depositados en el Mausoleo de San Martín en la Catedral de Buenos Aires. El féretro fue construido por el escultor francés Carrier Belleuse, siguiendo la influencia romántica, neoclásica, de estilo francés. Este artista también había construido la figura del General Belgrano que estaba ubicada en la Plaza de Mayo, y su proyecto fue el ganador entre los seis que se presentaron. La Capilla Nuestra Señora de la Paz, donde se encuentra el cuerpo, está ubicada en la nave derecha del templo. Los restos de San Martín se encuentran rodeados de tres esculturas femeninas, que representan a cada uno de los países que éste liberó: Argentina, Chile y Perú. Junto a él se hallan las urnas con los restos de los generales Juan Gregorio Las Heras y Tomás Guido y los del Soldado Desconocido de la Independencia. En tanto, el 17 de agosto de 1947 se descubrió sobre la derecha del frente una lámpara votiva con una leyenda que dice “Aquí descansan los restos del Capitán General Don José de San Martín y del soldado desconocido de la Independencia. ¡Salúdalo!” San Martín, en su testamento fechado en París el 23 de enero de 1844, dispuso: “El sable que me ha acompañado en toda la guerra de la Independencia de la América del Sud le será entregado al general de la República Argentina Dn. Juan Manuel de Rosas, como prueba de la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla”. Más tarde, en 1862, Rosas legó la espada a su amigo y consuegro Juan Nepomuceno Terrero. En 1896, el primer director del Museo Histórico Nacional, Adolfo Carranza comienza las gestiones con la familia Terrero para que el sable sea donado al pueblo argentino. Y en 1897, lo logra. Por decreto del 3 de marzo de 1897, firmado por el presidente Uriburu y refrendado por su ministro de Guerra y Marina, Guillermo Villanueva, se dispuso que el sable se despositara en el Museo Histórico Nacional. Un día después, el 4 de marzo de 1897, la caja conteniendo el sable corvo desembarcó en Buenos Aires después de haber partido desde el puerto de Southampton. El presidente Uriburu no concurrió al puerto para recibirlo ni tampoco lo hizo el máximo jefe del Ejército, en una actitud que se interpretó como un desagrado por el origen de quienes habían hecho la donación: los descendientes de Juan Manuel de Rosas. Durante 66 años el sable del general San Martín permaneció expuesto en el Museo Histórico Nacional, lugar elegido además por su nieta, Mercedes Balcarce para donar el mobiliario del cuarto en el que falleció el Libertador que aún se conserva.

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