La Alianza Silenciosa: Iglesia y Dictadura en Argentina
La compleja relación entre la Iglesia y las Fuerzas Armadas en Argentina ha marcado un capítulo oscuro en la historia del país, con repercusiones que aún resuenan. Este artículo explora los vínculos entre estos dos poderes durante la dictadura militar y su impacto en la sociedad.
Desde el quiebre institucional de 1930, la conexión entre el poder militar y la jerarquía eclesiástica en Argentina se fue estrechando. Este fenómeno se desarrolló en un contexto de inestabilidad política que permitió a la Iglesia consolidar su influencia, viéndose a las Fuerzas Armadas como las «guardianas» de una identidad cristiana amenazada por el liberalismo y el avance del marxismo.
Un Contexto Previo a la Dictadura
Previo al golpe de Estado de 1976, gran parte del episcopado mantenía una postura conservadora, intentando unificar a los sectores de la Iglesia más comprometidos. Influenciados por el Concilio Vaticano II y la Conferencia de Medellín, grupos de curas y laicos propugnaban una Iglesia más aliada a los sectores populares y activa en la política.
El Régimen como «Defensor» de la Civilización
Con la llegada de la dictadura, el régimen se proclamó como el defensor de la “civilización occidental y cristiana”, una retórica utilizada para legitimar la represión. Bajo la bandera de la «lucha antisubversiva», algunos sectores del clero vieron la violencia estatal como una cruzada contra un “enemigo interno”.
Esa postura no se limitó al silencio: existieron también avales explícitos a la violencia estatal. Documentos de la época revelan una ambigüedad que equiparaba la represión del Estado con las acciones de los grupos armados, en un contexto donde las desapariciones de opositores comenzaban a multiplicarse sin un cuestionamiento claro.
La «Diplomacia Silenciosa» de la Conferencia Episcopal
La Conferencia Episcopal Argentina, liderada por figuras como Juan Carlos Aramburu y Raúl Primatesta, adoptó una aproximación llamada “diplomacia silenciosa”, buscando dialogar con la Junta Militar para intervenir en situaciones específicas, evitando confrontaciones que pudieran intensificar la violencia.
Sin embargo, esta estrategia mostró sus limitaciones. Documentos desclasificados indican que, aunque los obispos manifestaban preocupación por los desaparecidos, frecuentemente aceptaban respuestas evasivas de los militares, priorizando la batalla contra la “subversión”.
Colaboración y Complicidad
El Vicariato Castrense y una red de capellanes militares formaron parte activa del aparato represivo. Algunos obispos, como Adolfo Tortolo, mantuvieron relaciones estrechas con los dictadores, justificando teológicamente la tortura y el asesinato, convenciendo a los oficiales de que su labor era divina.
En los centros clandestinos de detención, la presencia de sacerdotes no era inusual. Algunos asistían a los torturadores, mientras otros presionaban a los prisioneros para que confiesen, ofreciendo alivio espiritual como recompensa.
Una Iglesia Resiliente: Martirio y Resistencia
No todos los sectores eclesiásticos se alinearon con el régimen. Existen evidencias de una «otra Iglesia», compuesta por sacerdotes, religiosas y laicos que, vinculados a la teología de la liberación, fueron víctimas del terrorismo de Estado. Este grupo se vio en la mira del régimen por su labor en barrios populares y su capacidad de organización.
El asesinato de Carlos Mugica
Previo a la dictadura, el asesinato del padre Carlos Mugica en 1974 marcó un indicio de la represión que vendría. Sin embargo, la violencia se volvió sistemática en 1976, con episodios brutales como la masacre de San Patricio, donde tres sacerdotes y dos seminaristas fueron asesinados por un grupo de tareas debido a su activismo social.
Enrique Angelelli y la voz del pueblo
El asesinato del obispo Enrique Angelelli en 1976 fue otro claro indicio de que la represión también alcanzaba a los sectores eclesiásticos que denunciaban la injusticia. Angelelli había alzado su voz contra la violencia y el empobrecimiento, lo que generó animosidad entre las élites locales y llevó a su muerte en un accidente de tráfico provocado.
Las religiosas francesas y su trágico destino
El secuestro de Alice Domon y Léonie Duquet, dos religiosas francesas, reveló la brutalidad del régimen. Ambas trabajaban con familias de desaparecidos y fueron llevadas a la ESMA, donde sufrieron torturas antes de ser arrojadas al mar en «vuelos de la muerte».
