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La historia nunca contada de la boda de Maradona

La historia nunca contada de la boda de

—Usted no entra —escuchó que le decía el patovica.

Miguel Ernesto Caldentey insistió. Solo un error, una terrible equivocación podía dejarlo fuera de la fiesta que él había imaginado en detalle y de la que hablaría todo el mundo. Así que más le valía al encargado de la puerta que fuera a chequear la negativa con su jefe. Ya volvería con las disculpas del caso para reivindicarlo frente a su esposa y sus hijos, que lo acompañaban, para comprobar —una vez más— que él era el mejor escenógrafo de la televisión argentina. Sin embargo, lo único que escuchó Miguel Caldentey fue una negativa lapidaria:

—Ni usted ni su familia pueden entrar. Es una orden expresa de Diego Maradona.

Dos años antes había preparado las instalaciones del Luna Park para recibir al papa Juan Pablo II. Todo el mundo había quedado fascinado con la cruz enorme con la que acondicionó el altar para las dos ceremonias que el pontífice encabezó en el estadio. Ahora había tenido que cambiarle la cara al Luna para convertir ese enorme galpón con gradas en el salón de fiestas para la boda del mejor jugador de fútbol de todos los tiempos. Del más caprichoso y más ostentoso.

Caldentey ya conocía el humor de Maradona, así que no insistió y se alejó del casamiento del entonces capitán de la selección campeona del mundo con Claudia Villafañe, su novia de toda la vida. No pudo ver su obra terminada, de la que, efectivamente, se hablaría en todo el planeta con lujo de detalles.

Carlos Bilardo y Julio Grondona junto a Diego Maradona y Claudia Villafañe durante la celebración

A Alejandro Bagnati, encargado de montar la escenografía que había diseñado Caldentey, lo sorprendió el llamado por handy de uno de sus socios, que supervisaba el ingreso a la fiesta. “No lo dejan pasar a Cacho”, le avisó.

Enseguida, Bagnati le repitió el mensaje a Tito Lectoure. El gerente del Luna Park estaba en deuda con esos dos hombres. Ambos habían reinventado el Palacio de los Deportes como una excelente locación para eventos artísticos y teatrales, pero también sociales y empresariales . Ellos lo habían acondicionado, por ejemplo, para la presentación del Fiat Uno pocos meses antes. En esa ocasión habían tapizado las gradas vacías del Luna con telas y hasta importado un dron desde Canadá, detalle revolucionario para la época.

Lectoure, de smoking, le pidió explicaciones a Guillermo Coppola, mánager del futbolista.

—¿Qué pasa con Cacho?

—Diego dio la orden de que no entrara. Está caliente por la nota de la revista Gente.

Se refería a una nota reciente que la revista había publicado y en la que el escenógrafo adelantaba características supuestamente secretas de la ambientación del Luna. Bagnati no había corrido la misma suerte que su amigo porque, justo cuando Caldentey concedió la entrevista, Lectoure lo había mandado llamar para hablar de trabajo. Apenas supo que Cacho no había podido ingresar en el estadio, fue a socorrerlo. Lo encontró destrozado, con los ojos llenos de lágrimas y con el traje impecable que se había mandado hacer, igual que su hija. “A esta altura de mi vida, que me hagan pasar por este papelón. ¿Te das cuenta?”, se lamentó antes de marcharse esa noche del 7 de noviembre de 1989.

De nada sirvió que les tapara la boca a los medios italianos, a los que les gustaba provocar a Maradona y repetían que el astro se casaría en un simple gimnasio de box, sin recordar que por allí habían desfilado Liza Minelli, Frank Sinatra y Juan Pablo II. En solo treinta y seis horas había desarmado la cancha de básquetbol que se había montado en el Luna para la presentación de los Globertrotters y puesto en marcha el “operativo Maradona”. Caldentey y Bagnati habían alquilado dos habitaciones en el Hotel Roma —el preferido de Tito, durante décadas, para concentrar a sus boxeadores— para estirar las piernas y supervisar el trabajo contrarreloj sin tener que volver a sus casas. En un día y medio, veintinueve camiones transportaron las cuatro mil doscientas plantas que se colocaron en las tribunas del estadio; ciento veinte operarios colocaron cortinados acrílicos para tapar las gradas vacías y recrear, con la ayuda de efectos lumínicos, la caída de una cascada. En las paredes que sirven de base a la superpullman colocaron una tela plástica que intentaba generar la ilusión del mármol. Sobre la avenida Corrientes levantaron la enorme tarima que sirvió como recepción para los invitados, que ingresaban en el estadio a través de una suerte de manga como la que se utiliza en los partidos de fútbol, que los llevaba hasta la puerta de la calle Bouchard.

Portada de “Luna Park”, de Guido Carelli Lynch y Juan Manuel Bordón (Sudamericana)

El arquitecto de la fiesta no estuvo para ver la llegada de los mil doscientos invitados, entre los que se contaban celebridades de la época como Susana Giménez, el actor Carlos Calvo, cantantes como Fito Páez y Sergio Denis, el productor de televisión Hugo Sofovich y el entonces directivo de Sevel, Mauricio Macri. Todos ellos, al entrar en el Luna, debían descender al nivel donde estaban preparadas cada una de las ciento veinte mesas circulares, con capacidad para diez comensales algo apretados. Sobre la calle Madero se ubicó la cabecera que ocuparían los novios y sus familiares, a un metro y medio del suelo, para que todos pudieran apreciarlos.

Del lado de Lavalle, a ocho metros del piso se instaló el enorme escenario de veinticinco metros de largo y quince de profundidad. El piso había sido alfombrado en su totalidad en color gris; el baño de hombres, con un tapiz azul eléctrico, y el de mujeres, con uno rosa. En el medio de la pista se elevaba una plataforma en la que los novios bailarían el vals que tanto habían practicado en la intimidad. La pantalla que marcó tantas noches gloriosas de box y básquet se tapó con más acrílicos. Una gran araña central, que medía seis metros de alto y usaba doce mil lamparitas, era la principal fuente de iluminación. “Nadie, ni siquiera Tito Lectoure se podía dar cuenta de que eso era el Luna Park”, diría semanas después Maradona, que se sentía dueño de todo, también del Palacio de los Deportes.

En la lista de invitados figuraba el presidente Carlos Menem, quien finalmente rechazó la invitación, a pesar de los elogios que Maradona le dispensó ese mismo día. “Es un hombre extraordinario. Quiero un presidente así para mi país. Está en todas partes, por lo que también pensé que podía estar en mi casamiento”, reflexionó el número 10 ante los periodistas. Nunca se supo con certeza por qué el mandatario no quiso asistir. La excusa oficial fue el paro de transporte público que se realizó aquel día, y el chiste que circuló esa noche fue que el jefe de Estado no había conseguido un colectivo que lo llevara hasta Corrientes y Bouchard. Sin embargo, la negativa del presidente se debió realmente al diseño de la boda. Enviados de Protocolo y Ceremonial de Presidencia concurrieron al estadio para evaluar las medidas de seguridad y aconsejaron a Menem no asistir. “Nadie en una reunión puede estar por encima del presidente”, explicaron. La familia Maradona miraría a todos desde una plataforma-escenario.

El ex presidente Raúl Alfonsín —que cuatro meses antes había tenido que adelantar el traspaso de mando, en medio de una hiperinflación que todavía no daba tregua— tampoco asistió.

—¿Por qué no fue al casamiento de Maradona? — le preguntaron los cronistas al patriarca radical.

—Porque no me invitaron, porque no me invitaron. Antes de la fiesta hice que Margarita Ronco, mi secretaria, llamara al Luna Park para saber qué pasaba con mi invitación. Yo quería estar presente y, si no, enviarle un regalo a Diego, porque es un muchacho que nos hace quedar muy bien en el mundo y porque colaboró conmigo en algún momento de mi gestión. Sin embargo, la tarjeta no aparecía.

Maradona, que juró haberlo invitado, se sintió ofendido.

A pesar de las ausencias presidenciales, no faltaron funcionarios como el intendente porteño Carlos Grosso, el ministro de Trabajo, Jorge Triaca, la interventora de EnTel, María Julia Alsogaray, o el secretario de Deportes, Fernando “Pato” Galmarini. Otros poderosos que habían sido invitados por Maradona, como el entonces presidente del Milán y futuro premier italiano Silvio Berlusconi, el presidente de la Fiat, Gianni Agnelli, y hasta Fidel Castro, tampoco asistieron.

A las diez y media de la noche, la mayoría de los invitados empezó a llegar al Luna. Un biombo gigante les impedía ver el salón. Familiares, amigos, el presidente de la AFA, Julio Grondona, futbolistas de cada uno de los clubes por los que Maradona había pasado y compañeros de la Selección degustaron canapés de caviar, salmón ahumado, trucha, palmitos, jamón serrano, langostinos, pavitas, lechones, centollas y una mesa de quesos. También lo hicieron Gennaro y Giorgio, los jefes de la Curva B, la barrabrava del Nápoli, y el peluquero de Claudia en Italia, quienes habían llegado al país a bordo del Jumbo de Aerolíneas Argentinas que Maradona alquiló por medio millón de dólares.

El Luna Park albergó esa noche a 1.200 invitados a la boda de Maradona

A las 23:15 por fin se abrieron los biombos y el Luna Park quedó a oscuras, salvo por las luces de los centros de mesa, mientras sonaba por los altoparlantes “Así habló Zaratustra”, de Richard Strauss —utilizada en la película 2001: odisea del espacio—, que el DJ estrella del momento, Alejandro Pont Lezica, había elegido para la ocasión. A medida que el volumen aumentaba, el Luna se iba iluminando. Ochenta mujeres vestidas con top de encaje negro y falda se encargaron de ubicar a los invitados en sus respectivas mesas.

Maradona todavía no llegaba. Él y Claudia habían salido a las corridas de la coqueta iglesia del Santísimo Sacramento a bordo de un Dodge Panthom 1937 descapotable. El auto había pertenecido al traficante de armas alemán Fritz Mandl, pero durante la Segunda Guerra había sido confiscado por el ministro de propaganda nazi Joseph Goebbels. Gracias a la intervención de Hitler, aseguraba la leyenda, Mandl había recuperado su auto y, para mantenerlo lejos de las garras del Tercer Reich, decidió enviarlo a la Argentina. Años después, la familia del empresario Adolfo Donati adquirió el automóvil, que ahora le prestaban a Maradona. Desde su casa hasta la iglesia le había tocado conducir a su agente y amigo Guillermo Coppola.

Después de la ceremonia religiosa, en la que se conjugó la histeria de los paparazzi y la furia de los vecinos —que hasta llegaron a gritarle “negro cabeza” al futbolista—, el astro y su flamante esposa se dirigieron al Sheraton para una conferencia de prensa. La responsabilidad del volante esta vez había quedado en manos de Giorgio, el portero de New York City, una de las discotecas más exclusivas de la época y la favorita de Maradona. Ofuscado, el ídolo le pedía a su improvisado chofer que diera algunas vueltas antes de llegar al Sheraton. Giorgio obedeció y dio una vuelta por Madero, Córdoba y Leandro Alem hasta llegar al hotel. El capitán de la Selección brindó con los periodistas en un gesto que buscaba descomprimir los ánimos luego de que — durante la ceremonia civil, ese mismo día— hubiera golpeado a un fotógrafo. La ilusión duró poco. Cuando una periodista le reclamó la ausencia de la prensa en el Luna Park, Maradona la increpó con desprecio y algo de razón:

—Yo no estuve en tu casamiento. ¿Por qué iba a invitarte al mío?

El mejor jugador del mundo decía que quería un festejo sencillo e íntimo para su familia, pero en el estadio techado más grande del país lo esperaban mil doscientos invitados, cuatrocientos litros de vino blanco Castel Chandon, quinientos litros de tinto Saint Felicien, novecientos litros de espumante Baron B y mil litros de gaseosas, que servían ciento cincuenta mozos. “Queremos una fiesta común de casamiento como cualquier pareja”, insistieron los novios para justificar por qué ni Valeria Lynch ni los Pimpinela darían un concierto durante el festejo, como se había especulado.

Por fin, a las doce de la noche, el matrimonio Maradona-Villafañe hizo su entrada triunfal en el Luna. Las luces se apagaron cuando la pareja avanzó por el largo pasillo revestido. Un solo haz los enfocaba, mientras de fondo sonaba el “Himno de la alegría” de Beethoven y el “Aleluya” de Händel. A Claudia todavía le costaba moverse con el diseño de la modista del momento, Elsa Serrano. Bordado en perlas, mostacillas y canutillos, el vestido había requerido treinta metros de organza comprada en Ginebra, ocho de encaje chantilly de Lyon, treinta metros de satén comprado en Italia, cuatro costureras y treinta mil dólares. La falda recta llegaba al ras del suelo. La cola media cuatro metros. Para completar, Claudia lucía una tiara de diamantes y perlas engarzadas en oro blanco.

Los novios caminaron hasta la tarima mientras los invitados aplaudían de pie. Susana Giménez se trepó a su silla para vivarlos. A las 2:15 se terminó el banquete y empezó a sonar la inconfundible voz de Frank Sinatra interpretando “New York New York”, como había sonado ocho años antes en el mismo lugar. Hugo Sofovich fue el primero en salir a bailar. Para el vals, los novios eligieron “El Danubio azul”. Flavia Palmiero, la estrella de la televisión infantil, en tanto, entretenía a los hijos de los invitados en otro salón.

El equipo técnico de Bagnati y del rechazado Caldentey debió sortear algunos inconvenientes inesperados. Tuvieron que dispersar a sus empleados para que no espiaran a los novios tras el vidrio polarizado que estaba de espaldas a su mesa. En un momento, el efecto de cascada que cubría una de las cabeceras del estadio se hizo tan exagerado que parecían las cataratas del Niágara. Cuando uno de los responsables fue a revisar, encontró a dos técnicos con la soga para hacer los movimientos atada a los pies, mientras ellos pateaban de un lado al otro y liquidaban una botella de champagne. Inmediatamente los reemplazaron sin que nadie lo notara. Ese era el riesgo de ahorrarse un sistema electromecánico para imitar los movimientos.

A las 3:30 de la madrugada llegó el momento de cortar la fastuosa torta mientras sonaba “Carrozas de fuego”. El pastel escondía cien anillos de oro y uno “especial”, coronado con brillantes. La suerte quiso que Cali, la hermana del 10, se quedara con la joya.

La fiesta siguió durante toda la madrugada. Uno de los presentes asegura que nunca más presenció el nivel de descontrol que vio allí. A pesar del desenfreno, el único episodio que hubo que lamentar fue que Gabriel “La Morsa” Espósito, uno de los cuñados de Maradona, terminara a las trompadas con otro de los invitados.

A las 7:45, Maradona y Claudia abandonaron el Luna Park por la salida de Bouchard en un Mercedes-Benz verde que salió marcha atrás. Un automóvil negro, de la misma marca, había sido estacionado en el acceso que daba a Corrientes para despistar a los fotógrafos.

Los diarios italianos castigaron a Maradona por su ostentoso casamiento en un país arrasado por la crisis económica. La prensa argentina se hizo eco de las críticas, porque todo lo que dijera o hiciera el astro vendía. Sin embargo, algunas personalidades, como Bernardo Neustadt, lo defendieron públicamente. Maradona también se justificó. “¿Yo soy el responsable de la crisis? ¿Yo tengo que salvar al país? Están equivocados. Solo hablan por envidia”, decía. Tito Lectoure, el dueño de casa, también intentó auxiliarlo. “Diego Maradona ha contribuido como pocos al conocimiento del país. En mi larga experiencia por el mundo, vi cómo la Argentina trascendía a través de sus deportistas. Escuché emocionado nuestro himno en Japón, en Corea, en Sudáfrica, siempre acompañando. Quisiera saber cuántos de los que hoy critican a Maradona hicieron más por el país que él. Por todo esto, felicito a Diego. Se acordó de la Argentina en uno de los momentos más importantes de su vida”, lo defendió Tito, que además calculaba cuántos dólares dejarían en las arcas del país los invitados extranjeros del futbolista. En la antesala de su despacho, el ex matchmaker colgó una foto que se había tomado con Maradona durante la fiesta.

Un mes después, el flamante matrimonio daba una entrevistaba a la revista Gente durante su supuesta miniluna de miel en Capri. A Maradona lo acompañaban su esposa y su séquito de asistentes, liderados por Coppola.

El fantasma de Caldentey sobrevoló la charla. Acaso porque los editores de la revista Gente, que había tenido mucho más acceso que cualquier otro medio al casamiento, se sentían responsables por la suerte del escenógrafo preferido de Lectoure, que había adelantado algunos detalles a la revista.

—¿Es cierto que ni Claudia ni vos sabían cómo iba a ser la escenografía del Luna Park?

—Esa era la idea inicial, iba a ser una sorpresa para nosotros y para los invitados. Pero antes de viajar a Buenos Aires, una tarde en Génova, me dieron una revista Gente y vi a Caldentey en una foto, donde se contaban detalles de la fiesta. Me enloquecí, lo llamé a Guillermo enseguida. Trató de tranquilizarme. Pero me puse loco.

—Por eso le prohibiste la entrada a Caldentey.

—Sí, yo tomé esa decisión.

—¿No fuiste injusto?

—No lo creo. Mirá, cuando hablamos con Guillermo de la escenografía, yo le dije: “Quiero al mejor”. Y Coppola me dijo: “Caldentey”. A mí fue como si me dijeran Juan Pérez. Pero le respondí que sí, que si era el mejor, que lo contratara. Y si yo contrato a alguien parto de la base que va a trabajar para mí, no para otro ni para la prensa. Se hizo un pacto de silencio. Todo se iba a mantener en absoluto secreto. Yo no quería enterarme de nada, y menos quería que se enterara Claudia. Por eso, después que leí la nota tomé la decisión, y el día del casamiento le dije: “Quédese en su casa”. Le pagaré cuanto haya que pagarle y listo.

—No pudo ver su obra terminada. ¿No te arrepentís de haberle prohibido la entrada?

—No me arrepiento. Su trabajo fue espectacular. Nadie, ni siquiera Tito Lectoure, se podía dar cuenta de que eso era el Luna Park. Pero… bueno, hay tantos que se equivocan y pagan. ¿Por qué no iba a pagar por su error? Nuestro arreglo fue que no hablara. Y falló. Pero trabajó como los dioses. Antes de salir de Italia decían: “Maradona se va a casar en un estadio de boxeo”. Algunos de los invitados dudaban. Claro que se decían tantas cosas que los italianos pensaban que en medio de la fiesta se iban a encontrar con alguno boxeando o entrenando footing o sombra. Se exageró mucho. Y fue una sorpresa para todos. Tanto los italianos como los argentinos me decían: “No lo podemos creer”.

De pronto, ante la insistencia de la prensa, el mejor jugador del mundo garantizaba que Caldentey cobraría hasta el último centavo y hasta mostraba alguna pizca de arrepentimiento por negarle la entrada al escenógrafo.

—Esta vez no entró, pero en la próxima fiesta sí. Lo que pasó sirvió para que me conociera. Después me enteré de que vino con su familia para entrar al Luna, con su mujer y sus hijos. Nos enteramos y realmente me asusté. Tengo que reconocerlo. Nunca supe hasta después de la fiesta que había llegado con su familia. Si no…

—Si no, ¿qué?

—Me cuesta reconocer que pude haberme equivocado. Pero bueno, ya está.

Un exultante Maradona revelaba que, después del casamiento, estaba ansioso por empezar a organizar la fiesta de quince de su hija mayor, Dalma Nerea, que entonces tenía nada más que tres años y durante el casamiento había emergido de una torta enorme. En 2002 tuvo su fiesta en la Bombonera, otro templo porteño. Miguel Caldentey y Alejandro Bagnati fueron los encargados de ambientarla. Ambos pudieron presenciar la celebración.

Fuente: http://www.infobae.com/sociedad/2017/04/02/la-historia-jamas-contada-de-la-legendaria-fiesta-de-casamiento-de-maradona-en-el-luna-park/

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