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“Olvidate”, “pasaron cosas”, “amigues”, “no nos estaría saliendo”, y otros espantos del lenguaje argentino

¡Ojo cómo hablamos! El slang de estas pampas es un impiadoso espejo de cada época.

Nota extraída del diario Infobae Por Hugo Asch ‒¡Olvidáte…! ‒repiten con énfasis, como para reafirmar que algo es cierto, o sucederá sí o sí. La manera de hablar de una sociedad, la elección de las palabras, suele ser un espejo impiadoso de la época. No falla. Hoy, cuando la posverdad relativiza o destruye cualquier certeza, y la sospecha vale tanto o más que la información real, se hizo costumbre afirmar algo apelando al olvido. El olvido como afirmación. Nada que no hayamos oído hasta el hartazgo en los últimos tiempos. La construcción “está bueno” en lugar de “es bueno”, es otro síntoma de lo gaseoso de las ideas y convicciones del momento que nos toca vivir. Algo “está bueno” hoy, y puede dejar de estarlo mañana. Para afirmar que algo “es bueno”, hace falta un mínimo compromiso intelectual. Cosa que para nada abunda, cierto es. El Ser pasó de la idea del nazi pero a la vez genial filósofo Martín Heidegger (“Cuando el tiempo sólo sea rapidez, instantaneidad y simultaneidad, mientras que lo temporal, entendido como acontecer histórico, haya desaparecido de la existencia de todos los pueblos…”) a un simple yogurt. Y la virtud, la capacidad, el talento, la han hecho descender al abismo de la duda cruel. Vean, sino: “Capaz que sí”. “Capaz su idea es ésa”. “Capaz nos llama mañana”, repiten todo el tiempo, aún en los medios radiales y televisivos, en lugar de tal vez, o quizá. Ay. Un espanto. Los españoles festejan y repiten “¡Venga!”. Nosotros, en la misma situación, y para darnos ánimo, elegimos con honestidad brutal el “¡Vamos!”, o el ruego-fuerza “¡Vamo’ eh…! ¡Vamoooo’…!”. Así, los argentinos vamos. Al exilio, a tropezar con la misma piedra, directo hacia el abismo, al frente. Nosotros vamos y aceptamos en convite, usualmente en terreno ajeno, gracias a esos electroshocks económicos que nos suelen pasar cada diez, o doce años. Nunca hay que subestimar el poder de la negación. Los españoles prometen sobre hechos consumados (“¡La fiesta estuvo fenomenal, te lo prometo!”) y, quizá como herencia no deseada de tantos años de Franco, todavía apelan a la “Norma” para explicar lo usual: “Es normal”, definen. “Es lógico”, decimos nosotros, aunque la lógica no sea algo que sirva demasiado para unificar nuestro pensamiento como Nación. Si la verdad la impone el poder, definía Foucault, lo mismo pasa con la pendular lógica nativa. En España muchas mujeres comienzan una charla y si coinciden pronto alguna dirá: “¡Hombre, claro que sí!”. Esto sucede en un grupo social que aún siente normal llamar “cojonudo” (cojones, atributos masculinos) a todo lo que resulta divertido y “coñazo” (sexo femenino) a todo lo aburrido o intolerable. Dos detalles que podrían provocarle un surmenage a cualquier feminista convencida. Nos suena raro, pero no menos raro es una particularidad argentina que los españoles y muchos otros extranjeros perciben con claridad… y nosotros no. Un tic que debería recostarnos durante un largo tiempo en el diván de un buen psicoanalista. Los argentinos afirmamos, o comenzamos cualquier frase o idea a partir de la negación. Por ejemplo: ‒¿Cómo piensan superarse tras la última crisis de la empresa? • No, todavía hay buenas oportunidades de crecer, tenemos que… • No, las variables están lejos de ser las ideales pero confiamos… • No, para nosotros esta es una oportunidad de volver a… No. Una palabra que, curiosamente, desaparece a la hora de explicar cosas que no han salido como fueron planeadas. Para ser justos, tampoco existe el sí, o una afirmación rotunda. La ambigüedad, el eufemismo, reina en estos casos entre nosotros, sean políticos, economistas, empresarios o futbolistas los que contesten. Consistencia líquida. ‒¿Cuál es el plan para mejorar los malos resultados de este semestre? • No sé si fueron malos, hay que tomar en cuenta que… • No sé si malos, porque en las actuales circunstancias… • No sé si ha sido tan malos, para mí fue positivo que… El lenguaje es bastante más que un sistema de signos. Queda

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