domingo, enero 11, 2026
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Loan: El Poder de la Ausencia y la Verdad en el Silencio

La Voz de la Verdad: Un Reto a la Corruptela de Poder

La palabra tiene el poder de sacudir fundamentos y desafiar al autoritarismo, haciéndonos reflexionar sobre su cruda realidad.

Dión Pruseo, John Milton y la incómoda ética de la palabra.

La palabra no busca el consuelo, sino la valentía.

Este dilema perdura en el tiempo.

La crítica periodística es el corazón de la democracia, un hecho que provoca incomodidad en quienes se consideran los únicos portadores de la verdad.

Las figuras del poder son siempre las mismas. Los que se arrogan el derecho a silenciar voces críticas, aquellos que encarcelan y asesinan a periodistas, han manejado este recurso turbulento desde tiempos inmemoriales, buscando quebrar ese carácter audaz que denuncia y desafía.

A través de la palabra, el carácter se hace visible, materializándose ante el mundo y poniendo en jaque la sumisión, la mentira y el temor que sostiene el statu quo.

Decir la verdad ha sido siempre un acto cargado de peligros.

El costo de hablar lo prohibido

Dión Pruseo y John Milton pagaron un alto precio por exponer verdades que a los «guardianes de la voz» les incomodaban. Ellos, aparentemente, marcaron una línea de disciplinamiento.

Dión fue desterrado por el emperador Domiciano alrededor del año 82 d.C., acusado de conspiración y condenado a vagar sin recursos en tierras hostiles.

Loan Peña

Milton, tras la publicación de Areopagítica en 1644, fue tratado como un peligroso subversivo, censurado y perseguido tras la Restauración de 1660. Sus obras fueron quemadas, y él enfrentó la ejecución, salvándose por poco gracias a intervenciones políticas.

Ninguno de ellos fue silenciado por error. Ambos enfrentaron el castigo porque su palabra desafiaba al poder, revelando sus flaquezas.

La historia enseña que cuando la crítica es genuina, el poder no responde con argumentos, sino que intenta silenciar al crítico, desacreditarlo o, en casos extremos, asesinarlo, como ocurrió con José Luis Cabezas. Este año se cumplirán 29 años desde su muerte, y más de 30 años de condenas han resultado en la libertad de sus culpables.

Una visión madura de la palabra pública

Dión Pruseo y John Milton, aunque separados por tiempo y contexto, comparten una visión profunda sobre el significado de la palabra pública.

Para ellos, hablar no es solo un derecho; es un acto que conlleva carácter, riesgo y responsabilidad, características que incomodan a muchos.

Dión entendía la oratoria como una forma de cuestionar el poder desde una ética de orden; Milton creía que aceptar este cuestionamiento era una prueba de la madurez moral de una sociedad.

Ambos coinciden en una idea actual: la palabra libre no busca la comodidad, sino que exige carácter.

Más que un simple adorno

Dión, apodado el Crisóstomo, comprendió que la retórica podía convertirse en simple manipulación. Su condena fue clara: la retórica sin ética es corrupción.

Hablar en público no es un acto de exhibición; es un cuestionamiento a la autoridad, desafiando un entendimiento erróneo de justicia por obediencia.

Siglos después, Milton argumentaba en Areopagítica contra la censura previa. No defendía el caos, sino la idea de que la verdad se robustece en el enfrentamiento con errores.

Una verdad que requiere silencio es una verdad frágil.

Ambos sostienen un principio incómodo: que la libertad de expresión no es ni cómoda, ni segura, ni neutra.

Dión: Cuestionar el poder desde el orden

Dión no era un incendiario; era un moralista. Criticó desde dentro del sistema, buscando conservarlo al enfrentar su decadencia ética. Afirmaba que el poder no se legitima por la fuerza o la legalidad, sino por el carácter de quien lo ejerce y su apertura a escuchar verdades incómodas.

Su diagnóstico era claro: el mal gobierno empieza cuando se interpreta la crítica como traición.

La adulación es más peligrosa que la injuria.

La censura no protege al Estado; lo debilita en su esencia moral.

Para Dión, callar ante la injusticia no es prudencia; es complicidad. Decir la verdad no es heroicidad; es simplemente un deber.

Milton: La virtud se forja en la verdad

Milton lleva su argumento al límite: la virtud no se forja en la ignorancia del mal, sino en la confrontación con él.

Prohibir la libre expresión antes de escuchar infantiliza a la ciudadanía. La censura no organiza; deshumaniza.

No se trata de relativismo; es una exigencia: libertad para confrontar y responsabilidad para responder. El error expuesto no destruye la verdad; la afila.

Libertad con carácter

El punto en común es claro: libertad implica carácter.

Ni Dión ni Milton confían en el grito como única forma de expresión. Desconfían más del poder que decide qué es lo que puede ser dicho. Un discurso administrado desde una cúspide se transforma en una quietud forzada.

En la actualidad, la mordaza puede venir de diversas fuentes: social, reputacional o algorítmica, con un resultado similar: un empobrecimiento moral del espacio público.

Un epílogo penal: la institucionalización del silencio

Desde el ámbito penal, este debate no es ficticio; es estructural.

La incómoda pregunta resuena:

¿Nosotros protegemos derechos o salvaguardamos el poder de ser cuestionado?

Cuando el sistema punitivo abraza la mentira conveniente y persigue la verdad incómoda, confunde el orden con el silencio y castiga selectivamente discursos, su función de garantía se transforma en un mecanismo de disciplinamiento.

Es necesario aclarar: la calumnia y la injuria son de un plano distinto, irreconciliables con la crítica y el disenso.

Cuando se confunde crítica con calumnia, no se protege la verdad, sino que se fortalece la impunidad.

La historia ilustra que el abuso no comienza con la violencia abierta, sino con el silenciamiento naturalizado.

La injusticia no surte efecto por exceso de palabras, sino por la falta de contradicción.

El mayor riesgo institucional radica no en la crítica, sino en la falsa unanimidad.

El momento de la verdad: cuando el carácter se convierte en institución

Este 27 de febrero, se da inicio a un juicio oral trascendental que la sociedad argentina está ansiosa por presenciar. No solo por la necesidad de justicia, sino porque también hay lecciones que aprender del trágico caso de Loan. La forma en que se ha manejado este asunto ha revelado la proliferación de mentiras y versiones distorsionadas, contrastando con el trabajo serio realizado por muchos medios comprometidos con la verdad.

Este contexto requiere reconocimiento a quienes han trabajado contra la corriente, enfrentando la adversidad con compromiso y rigor.

Los fiscales Dra. Alejandra Mángano y Dr. Marcelo Colombo han mantenido una investigación decidida y coherente, alineada con los estándares más rigurosos en el manejo de casos de sustracción de menores.

El procedimiento judicial ha sido ejemplar y marcado por el respeto hacia las garantías y la complejidad del caso.

El tribunal que se encargará de este juicio, integrado por el Dr. Eduardo Ariel Belforte, Dr. Víctor Alonso González y Dr. Fermín Amado Ceroleni, se dispone a realizar uno de los actos más relevantes en el proceso penal democrático: la presentación pública de los hechos y la confrontación de pruebas.

La intervención de la Sala III de la Cámara Nacional de Casación Penal también ha garantizado una supervisión adecuada y el respeto por las reglas del Estado.

En este contexto, la verdad se abre camino, y el silencio tiene fecha de caducidad.

Reconocemos y honramos el trabajo de quienes, con valentía, enfrentan las adversidades para mantener la integridad y dirimir la justicia.

Todo lo discutido anteriormente no es una excepción, sino un testimonio de veracidad: cuando la crítica se protege y el poder es interpelado de manera pública, el sistema penal recupera su función. La hora de la verdad no es un mero eslogan; es el momento en que el Estado se muestra a la altura de su responsabilidad.

Dión advirtió que el gobernante que no escucha se convierte en tirano y Milton nos enseñó que la verdad sin confrontación se debilita.

El sistema penal debe aprender de ambas enseñanzas: no existe legitimidad punitiva sin un cuestionamiento real.

Cuando los discursos son administrados desde arriba, un orden justo se convierte en un silencio autoritario.

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