Devastador ataque en Venezuela: un misil destruye vidas y hogares
En un trágico suceso ocurrido en la madrugada del 3 de enero, un misil impactó en un edificio residencial en Catia La Mar, Venezuela, desatando el horror y la desesperación entre sus habitantes. La historia de Wilman González, uno de los sobrevivientes, revela la magnitud de esta tragedia.
Un relato de supervivencia en medio del caos
Wilman González, de 54 años, recuerda claramente el momento en que la explosión lo lanzó contra la pared de su departamento. Con una astilla de madera incrustada en su rostro, se levantó del suelo para atender a sus hermanos, quienes también estaban sufriendo las consecuencias del ataque.
El edificio rebosante de historia y dolor
El Bloque 12, un antiguo edificio que alberga principalmente a personas mayores, se convirtió en un símbolo del atrocidad que marcó un hito en la reciente historia de Venezuela: el ataque de las fuerzas militares estadounidenses, ordenado por el entonces presidente Donald Trump. A tan solo 35 kilómetros de Caracas, el ataque tuvo como objetivo principal instalaciones militares, pero dejó también un saldo devastador en la población civil.
Desigualdad en la tragedia
Durante la operación, según el ministro del Interior de Venezuela, alrededor de 100 personas, incluidos civiles, perdieron la vida. La tía de Wilman, Rosa González, de 79 años, se encontraba en su habitación cuando el misil impactó. Aterrorizada, gritó por ayuda, pero fue en vano; su vida se apagó bajo el peso de los escombros.
Un lamento en los escombros
Frente a lo que una vez fue su hogar, Wilman, ahora lleno de dolor, observa que un pequeño ataúd semiabierto es la última imagen que tiene de su tía, a quien velaron en una capilla cercana. “No es justo”, dice con rabia mientras señala los escombros del Bloque 12, que quedó parcialmente destruido por el ataque militar.
El impacto emocional y físico
La pesadilla no se limita a la pérdida material. Wilman confiesa que el trauma de la experiencia permanece en su mente, ya que él y muchos de sus vecinos nunca pensaron que vivirían algo similar a una guerra. La angustia que siente se manifiesta en constantes pesadillas cada vez que el reloj marca las 2:00 de la mañana, la hora del ataque.
Un llamado a la paz
La comunidad, consternada y herida, mira hacia un futuro incierto. “¡No a la guerra! La guerra no hace falta, lo que hace falta es comer y vivir”, expresó Wilman ante la devastación. Aunque la reconstrucción del Bloque 12 ha comenzado, la cicatriz emocional que ha dejado este evento será difícil de borrar.
Con la esperanza de reconstruir sus vidas, los habitantes afectados enfrentan un nuevo desafío: la búsqueda de sanación en medio del escombros de su pasado.
