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¿Cómo es ser un refugiado en la Argentina?

SUSANA CRISTINA HASSOUN Y SU MARIDO HUSSAM DEEN HAMDAN

Al empezar la guerra civil en Siria -después de una manifestación contra el régimen de Bashar al-Assad, el 15 de marzo de 2011-, muchas familias sirias o descendientes de sirios que viven en la Argentina empezaron a recibir los pedidos de ayuda de sus familiares. Susana Cristina Hassoun nació en la Argentina, pero a los tres años volvió con toda su familia a Siria, a Yabrud, una ciudad cerca de Damasco donde conoció a su marido, Hussam Deen Hamdan. Para llegar de Yabrud a San Cristóbal, el barrio en el que viven hace cinco meses, Susana y Hussam primero tuvieron que dejar su casa y sus trabajos, despedirse de los amigos que quedaban y viajar hasta el Líbano.

Ahí, Hussam esperó durante un mes la visa para viajar a la Argentina. “Yabrud era un lugar muy seguro antes de la guerra. Viví por quince años en Arabia Saudita como profesor de inglés, desde 1980, y después volvimos a Siria”, sostiene Deen Hamdan, quien también tuvo una fábrica de aceite de sésamo y un instituto de inglés.

“Fueron los años más hermosos de mi vida. Pero cuando empezó la guerra todo quedó destruido, la fábrica quedó arruinada y la saquearon. Pensamos en venir a la Argentina porque era la única ventana que teníamos. Los países árabes no nos daban ninguna visa, la única que podíamos conseguir era la de mi esposa”, relata en inglés.

¿Cómo es ser un refugiado en la Argentina?

Susana y Hussam viven con su hija más chica en la misma casa de la avenida San Juan donde vivieron los Hassoun hace cincuenta años. “Del primer día hasta ahora todos los días pienso en Siria. Tenemos parientes, toda la familia de mi marido está allá, y siempre estamos preocupados, pero qué podemos hacer”, se angustia ella. “Hasta las piedras en la calle extraño -reconoce Hussam-. He visitado muchos países, pero siempre tuve la intención de volver a ver mi país. Era muy fácil: sacaba un pasaje y volvía. Pero ahora es muy difícil volver a Siria, es muy peligroso. Dos de mis hermanos fueron secuestrados, yo era el siguiente. Allá podés morir en cualquier momento, por las bombas, cualquier cosa puede pasar”.

La Siria que ellos tienen en la cabeza, donde fueron jóvenes y armaron su familia, no existe más, pero igual todo el tiempo piensan en volver, dicen que ya son grandes para empezar una vida en otro lado. Hussam planea poner un negocio de cualquier cosa -“any shop”, dice en inglés- si no consigue trabajo pronto. Para los que van llegando, el Centro Islámico de la República Argentina (CIRA) armó un programa de asistencia, no solo económica, sino también, social, educativa y legal. Los chicos reciben becas para no perder el año de escuela y algunos adultos hacen cursos de oficios para poder reinsertarse lo más rápido posible.

EMAD AL-KASSAB Y SU HIJA WALAA

En Yabrud, Emad Al-kassab tenía una fábrica y una granja. Llegó a Buenos Aires hace un año, a vivir en la casa de su hermano. Trajo a toda su familia, incluida su hija Walaa, de 19 años, que llega a la entrevista con el hiyab, como lo usan las chicas de su edad en Siria. Decidieron venir cuando Walaa casi se toma un colectivo que después fue secuestrado. “A mí me gusta mucho viajar y cuando mi papá dijo ‘Vamos a la Argentina’, yo dije: ‘¡Eh! ¡Sí, quiero!’. Pero él nos dijo que eran dos meses y ya llevamos un año”, se lamenta ahora, mientras está metida en el laberinto de anotarse en la UBA para estudiar Farmacia. “Uno sabía que había problemas en el país, pero nadie esperaba esa explosión. Esto no va a terminar, porque la sociedad está dividida”, dice.

KHAWLA SAIBAA Y SU HIJA LAMAR

“¿Español? No, árabe”, pide Khawla Saibaa, 29 años, que tiene los ojos delineados en negro y un hiyab rojo que le enmarca la cara. Mientras conversamos, su hija Lamar corre y grita mitad en árabe mitad en castellano. En Yabrud, Khawla, que vino a Buenos Aires invitada por una prima hace ocho meses, era alumna de Hussam. Dos veces por semana, Susana, Hussam, Khawla, Emad y Walaa se encuentran en el Centro Islámico para aprender español y compartir noticias sobre Yabrud. El curso muchas veces funciona como espacio de contención. A Khawla le preocupa que el hiyab le traiga problemas para conseguir trabajo. Elige usar el velo islámico para salir de su casa. El día de la entrevista hace mucho calor y de su zapato abierto estilo boca de pez se asoma la uña de su dedo gordo pintada de rojo.

Con la guerra civil se acabaron los insumos, los materiales para construir, los alimentos. “La gente no estaba acostumbrada a eso, la guerra hasta ahora nunca entraba en las casas. No hay harina, no hay pollo, no hay arroz, no hay agua. Hay bombardeos. Yo puedo aguantar como grande, pero mi hija no”. A veces, cuando chatea por Skype con sus hermanas, desde la tranquilidad de un departamento de Barrio Norte escucha las bombas que estallan del otro lado..

El texto corresponde a un extracto de una nota publicada en la Revista Brando, en marzo de 2014. Para leer el artículo completo, ingresar a este link

Fuente : lanacion.com.ar

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