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Jorge Lanata: La discusión por el aborto trasciende a las ideologías

Jorge Lanata: La discusión por el aborto trasciende a las ideologías

Jorge Lanata: La discusión por el aborto trasciende a las ideologías

Por Jorge Lanata, para Diario Clarín La Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito dejó en evidencia al menos dos cosas: que frente a los temas realmente importantes las distinciones de partido- incluso de género- dejan de importar (el proyecto presentado en Diputados reunió las ideologías mas disímiles, a uno y otro lado de la grieta). Y que, a la hora de la discusión social, la sociedad se polariza en grupos fanáticos que intentan imponer su pensamiento a los demás presentándose como voceros de la única razón. Dirigía Página/12 cuando, en 1987, se dictó la ley 23515 por la cual se permitía que los que estuvieran separados de hecho se divorciaran sin necesidad del consentimiento del otro. Argentina entró en el siglo veinte, titulamos. Se aprobó el divorcio decía la volanta. Participé de aquel debate como periodista y quienes se oponían golpeándose el pecho hablaban como si fuera a imponerse el divorcio obligatorio para las parejas felices:anunciaban miles de rupturas familiares, niños abandonados y parejas en ruinas. Ninguna de esas plagas sucedió: formalizaron su divorcio los que ya estaban de hecho separados y el mundo siguió girando con normalidad. La ley de Matrimonio Igualitario en 2010 tambien transcurrió sin tormenta alguna: finalmente el Estado reconoció que los gays eran personas completas, que podían quererse sin vergüenza y que la familia de los dibujitos podía ser más real y compleja.Tampoco pasó nada con la palabra matrimonio: podía llamarse así, no se desgastó más de lo que la propia mediocridad de las personas la desgasta. Los grupos que prometían el Infierno no lo vieron llegar. El fanatismo que lleva a algunos grupos a intentar imponer a los demás el pensamiento propio no es de derecha ni de izquierda: los veganos que conozco,por ejemplo (y se suponen progresistas) prohibirían con gusto la venta de carne en todo el país, los obreros en huelga arman piquetes para evitar que lleguen los que quieren trabajar, censores ver las películas antes de prohibirlas para el resto, todos intentan transformar su moral particular en una ley universal. Los mensajes que llegaron a la radio el otro día, mientras discutíamos sobre el aborto, eran espantosos: asesinos de bebés fue el insulto más liviano. Los fanáticos se vuelven bastante agresivos cuando advierten que no pueden controlar a su prójimo. Otra vez,como en el divorcio o en el matrimonio igualitario, reaccionaban como si se propusiera el aborto masivo y obligatorio. Miles de fieles camino a la Cámara Estatal de Abortos cuando lo que se propone, en realidad, es evitar miles de muertes en abortos clandestinos. La crueldad de los fanáticos puede ser infinita: en 2006 cubrí para Perfil la discusión social en Mendoza sobre el aborto de una chica down que había sido violada. Miles de beatos compungidos contra la mirada melancólica de Claudia, que se preguntaba cómo iba a seguir su vida. Todos sienten que saben cómo debe vivirse la vida de los demás. Y también dan consejos sobre cómo los demás deben morir su muerte. Según el Ministerio de Salud en 2016 murieron 245 mujeres embarazadas y de ese total, 43 defunciones fueron muertes por aborto, lo que lo convierte en la primera causa de mortalidad materna en la Argentina. Las cifras extraoficiales hablan de 450.000 abortos clandestinos por año, cifra similar a la publicada por Amnistía Internacional, basada en un trabajo realizado en 2005 por las demógrafas Edith Pantelides y Silvia Mario a pedido del Ministerio de Salud de la Nación. Confundir la moral de cualquier credo con la moral laica es un error. Desde el Papa Gregorio VII que la propia iglesia decidió reclamar su autonomía sobre el poder imperial luego de la llamada Querella de las Investiduras. Los abortos suceden. Nadie puede celebrarlos y son un suceso triste y conflictivo. Se trata de no agravarlos con la muerte de quien los decidió.

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