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Murió Henning Mankell

El creador del inspector Wallander, que publicó el mes pasado en la Argentina su libro “Arenas movedizas”, en el que justamente testimonia su lucha contra la enfermedad y su duelo frente a la la muerte, falleció esta madrugada en Gotemburgo (sur de Suecia) “a consecuencia de su enfermedad”, señala un comunicado de la editorial Leopard, que fundó en 2001 junto con su amigo y editor Dan Israel y que publicaba desde entonces todos sus libros. Una pesadilla infantil recurrente -la de morir sumergido en arenas movedizas- se tornó en la punta de lanza del último y más personal libro del escritor sueco Henning Mankell, en el que testimonia la reaparición de esas imágenes cuando se confrontó al diagnóstico de cáncer, la enfermedad contra la que batalló hasta esta madrugada, en que la murió, a los 67 años. “Arenas movedizas”, así se llama el libro que Tusquets publicó en Argentina el mes pasado, es la escalofriante bitácora de un hombre para el que morir dejó de ser una instancia remota pero inevitable para convertirse en una dimensión cotidiana que lo llevó a confrontarse con fantasmas actuales, que de repente se alinearon con las remotas tinieblas de la niñez. La última obra del creador de la saga policial del detective Kurt Wallander sumerge al lector en los pliegues de su enfermedad, de la que empieza a tener un difuso registro a fines de noviembre de 2013 cuando toma conciencia de que algo anda mal, una sospecha que será esclarecida casi un mes y medio más tarde cuando los médicos le confirmaron el cáncer que ya había empezado a carcomer sus fibras vitales. Para Mankell, según relata en el libro, el diagnóstico de cáncer fue un “descenso a los infiernos”, que decidió neutralizar con la escritura twitter A partir de ahí, la posibilidad de la muerte, “una condición trágica inherente al ser humano”, ingresa en el campo visual del narrador, que no titubea en volcar sobre el papel ese caos emocional del primer momento que se diversifica a lo largo del relato, a través de recuerdos, libros, imágenes y reflexiones, todos artilugios creados sobre la marcha para enfrentarse a lo inesperado y lo irreversible. En ese marco irrumpen recuerdos de su niñez: “De repente me sobrevino una certeza inesperada. Como una descarga eléctrica. Las palabras se organizan solas en la cabeza. Yo soy yo y ningún otro. Yo soy yo. En ese instante adquiero mi identidad. Antes, mis pensamientos eran tan infantiles como cabí¬a esperar. Ahora se materializaba un estado totalmente distinto. La identidad presupone conciencia (…) La vida se torna de pronto una cuestión seria”. Es sobre la vida donde hace hincapié Mankell, y esa vuelta a la infancia lo lleva a recrear sus primeros miedos: la pesadilla de estar parado sobre un hielo que se hunde y lo devora, o sobre arena que de golpe zigzaguea y lo arrastra a un espacio interior sin aire ni posibilidad de escapatoria. El escritor sueco se vale de una memoria caprichosa pero no deliberada para reunir retazos de vivencias que reaparecen en escena por algo que las convoca, o porque pertenecen a ese presente efí¬mero donde el tiempo cambia su status habitual: no hay entonces una cronología sino un entramado de episodios o pensamientos vitales que lo llevan a interpelarse sobre el medio ambiente, la cultura o la existencia de algún Dios, totalmente ajeno a sus creencias. Las respuestas dejan lugar a nuevas preguntas y cuando todo se vuelve demasiado complicado Mankell mira una foto suya en blanco y negro colgada en la pared: “Es una foto de cuando yo tení¬a nueve años. Estoy sentado en un pupitre, en el colegio de Sveg. Cuando veo esa cara llena de curiosidad y la certeza de que todo es posible en la vida, siento que vuelve la fuerza de querer comprender”, desliza.

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