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El nuevo Código Civil prohíbe cualquier clase de castigo corporal a los hijos

Apenas el tema asoma en la conversación, el aire se llena de historias. Graciosas, algunas. Otras no tanto. El chirlo. Ese que en agosto quedará legalmente prohibido (¿y desterrado?) del folclore familiar cuando la Argentina estrene, en agosto, su nuevo Código Civil.

En el “colectivo” de los derechos humanos, la violencia doméstica se sienta en primera fila. Comienza como “una célula”, que se forma cuando se unen la testarudez del chico y la impaciencia (o la urgencia) del padre, y que llamamos orejazo, tincazo, chancletazo, mechoniada o chirlo. Puede crecer como un cáncer o quedarse en la anécdota. Ese es el problema.

El Papa Francisco había dicho que “dos o tres palmadas en el traste no vienen mal”. Claro que no pretendía avalar el chirlo sino demostrar la contradicción de los países que por un lado penan a las familias por castigar a los niños, y por el otro tienen leyes que permiten “matar a los chicos” antes de nacer.

El nuevo código en el artículo 647, “prohíbe el castigo corporal en cualquiera de sus formas, los malos tratos y cualquier hecho que lesione o menoscabe física o psíquicamente a los niños o adolescentes”. Hasta ahora no había una ley que prohibiera en forma tajante el castigo físico de los padres a los hijos. El artículo 278 que rige hasta ahora dice que “los padres tienen la facultad de corregir o hacer corregir la conducta de sus hijos menores”. Y aclara: “El poder de corrección debe ejercerse moderadamente, debiendo quedar excluidos los malos tratos, castigos o actos que lesionen o menoscaben física o psíquicamente a los menores”. Por eso los jueces entendían que el chirlo, el coscorrón y el ojotazo quedaban fuera del alcance de la ley.

Lucía Briones, abogada especializada en violencia familiar, celebra el nuevo artículo, que considera “un avance”. Pero aclara: “los límites son necesarios para un niño”. “La falta de un ‘no’ a temprana edad trae graves consecuencias. Cuando no lo tiene, después no puede ponerlos a los demás. No puede decir ‘no voy a emborracharme’, ‘no voy a fumar un porro…’ Como sociedad hemos pasado de una educación muy rigurosa a otra extremadamente laxa”, sostiene.

Briones detecta al menos un caso de maltrato infantil por día en el Centro Municipal de Violencia, Mujer y Derechos Humanos. Y dos, por semana, de abuso sexual infantil donde el agresor casi siempre es del entorno familiar (87%). La ley es “un avance” – dice- pero lamenta que “se haya perdido la oportunidad hacer algo más completo”. “El maltrato verbal no está contemplado en el Código Civil, y está totalmente invisibilizado. No se habla del respeto de los padres por los hijos y de los hijos por los padres”, cree.

Los chirleadores

¿Qué piensan de esto los argentinos? La encuesta sobre condiciones de vida de niños y adolescentes de Unicef y el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación (2011-2012) dice que sólo tres de cada 10 adultos de 23.000 hogares argentinos consideran que los niños no deben ser castigados de ningún modo. Pero el 65,3% piensa que sí hay que hacerlo de alguna forma, aunque sin pegarles. Y el 3,7% está de acuerdo con castigarlos físicamente.

En el apartado “Métodos de crianza”, el estudio revela que el castigo corporal más popular es el chirlo (30,8%). Le sigue el zamarreo (28,7%), luego el golpe en alguna extremidad (18%), atrás, el sopapo en la cabeza (8,8%), casi al último el golpe con algún un objeto (6,5%) y al final, la paliza (5,7%).

Pero el castigo no es igual para un chico de 2 años que para uno de 17, que es el rango que abarca la muestra. El chirlo se impone entre los más pequeños (2- 5 años) y los insultos aumentan en el adolescente. Las familias que más aceptan el castigo físico son las más tradicionales y las que tienen menos años de escolaridad entre sus integrantes.

¿Quién puede negar que somos hijos de la cultura del chirlo? Apenas lo decimos, la memoria busca asirse de recuerdos de la infancia que despiertan una sonrisa (o no). A Damián Paz, (integrante del grupo folclórico Los Paz) la memoria lo arrastra hasta la cocina de su casa. Plena siesta tucumana. Él y uno de sus hermanos (son nueve en total) hacen experimentos con el nuevo juego de química que les han regalado. De pronto, una explosión les vuela el flequillo. La madre de los Paz se levanta a toda prisa y los chicos huyen. Pero ella ya tiene práctica. De un salto se saca la zapatilla y la lanza como jabalina. No hay blanco móvil que se le escape.

La abuela de Marcos P. sabía cómo “curar” la rabieta de sus nietos. Los sentaba en el bidé, un buen rato, con el caño de agua fría abierto, hasta que la sonrisa afloraba como por arte de magia.

Más allá de las historias, Briones valora el nuevo código civil porque no avala el maltrato y se aleja del pater familia del código romano que disponía de sus hijos como su propiedad y no los reconocía como sujetos de derecho.

Quizás haga falta releer a Galeano cuando dice que “el insulto, el coscorrón, la bofetada (…) son algunos de los métodos de penitencia y tortura tradicionales en la vida de familia” y que “los derechos humanos tendrían que empezar por casa” (La cultura del terror).

Fuente: http://www.lagaceta.com.ar/nota/639588/sociedad/chirlo-maltrato-entraron-lista-negra.html

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